Aislamiento


Mi vida ha superado la fase de acuartelamiento. Temo volver al aislamiento inhumano, rodeada de humanos, llenos de prejuicios vastos que consumen mis días y mi miserable existencia. Allá, en ese mundo onírico con el que las mayorías sueñan ahora, anduve, entre túneles inciertos, ocupados por una burda sensación atemporal, en la que las horas occidentalizadas se derretían entre mis dedos como parafina efervescente. Los surcos ocuparon por un largo tiempo la hendidura de mis pasos, y en ellos aguardé cada esperanza de detener los instantes.

Mi espíritu afligido se llenaba de mariposas blancas, que en una espasmódica helada invadían sin más mi existencia, y en mi cabeza se posaba un frío angustiante; no podía dejar de pensar, no lograba detenerme, mi vida estaba consumida, supeditada al rezago infundado del tiempo en la luz del día.

Sin auxilio brotaba todas las madrugadas, y en las noches surgía aún con más ahínco. No hallaba forma alguna más sensata para detenerme, sólo el sorbo del café o del lúpulo me salvaban de las garras sedientas del aislamiento en el que nadaba con una fluidez paranoica y extrema, arrebatándome la oportunidad del suspiro, de la mirada detenida y del caminar lento, taciturno.

Me adentraba cada vez más en lejanías inesperadas, sin pretensión en un destino inimaginado; caminé, caminé y caminé, hasta el cansancio, sin pausa y sin prisa, y reconocí paisajes leídos en cuentos surreales, los días me llenaron de conocimientos que amé y los humanos me prestaron sus pasos para andar sobre ellos. No puedo negar lo bello de ese sumergimiento inconsciente que afloró día a día en mi pecho, brotando en cada mirada, los otros también caminaron sobre mis pasos y entonces los días fueron repetitivos y ya no existían las adivinanzas, y las mariposas blancas habían desaparecido, y entonces de mi pecho dejó de brotar la savia de la probidad y ya todo estaba marchito, y ya todo era un acuartelamiento, y los humanos estaban ahí, juntos y aislados. Aislados de sus deseos en las consecuencias de la vida.



Andrea Serna, tengo 30 años, soy Colombiana, Antioqueña y Rionegrera. Socióloga de profesión y de corazón, maestrante en Estudios Urbano Regionales. Amo escribir, leer y viajar. 

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